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Ahora, 14 años después, recuerdo aquellos días de agosto del año 2000 como un periodo oscuro,  desesperanzador e incierto. Media humanidad pendiente de las noticias, pensando en aquellos 118 marinos rusos encerrados en su gigantesco sarcófago metálico. Recuerdo las vigilias que transmitía la tele mostrando a miles de rusos que rezaban y lloraban.  Para  alguien como yo, que carezco de creencias trascendentales,  la  visión de decenas de miles de  rusos   llevando con fervor  flores y pequeños iconos en las manos a los que pedían por la vida de aquellos desgraciados que agonizaban en el fondo helado del mar de Barents era algo incomprensible a la vez que mágico. A pesar del largo periodo comunista, pocos pueblos hay tan religiosos como el pueblo ruso. Y pocos pueblos también, han sufrido tanto como ellos.

 

Recuerdo perfectamente cómo las distintas televisiones pasaban de forma incesante las fotos de los tripulantes del Kurks, muchos de ellos apenas  unos críos que todavía no habían aprendido a afeitarse. Recuerdo a aquel almirante que avergonzado se quitó la gorra y que sollozaba mientras pedía perdón a los familiares de las víctimas. Recuerdo a Vladimir Putin, con su cara de palo, de hijoputa del KGB y ese aire de fingida inocencia como si la cosa no fuera con él. Recuerdo a los buzos noruegos (con dos cojones por cierto) vertiendo leche en torno a la escotilla de la vela del kusk  para ver si salía aire o no. Pero por encima de todo recuerdo a Nadejda Tylik, aquella madre rusa cuyo hijo  fue uno de aquellos 118 marinos rusos.

¿Recordáis a Nadejda? Qué dignidad, qué coraje. ¿Os acordáis cómo les cantó las verdades del  barquero a las autoridades rusas? Luego le pusieron una inyección (dijeron que era para una dolencia cardiaca, pero yo no me lo creo) y se desvaneció. Durante aquellos instantes de dignidad, Nadejda se convirtió en la madre de todos los tripulantes del Kursk. Sus labios fueron los labios silenciados de todas las madres de los marinos rusos muertos en la mar incluyendo a los de las tripulaciones de los viejos submarinos de la era soviética que,  por cierto,  en las pelis nunca se les veía y siempre eran los malos.  Estupendos marinos que hicieron un digno trabajo en unas condiciones muy penosas.

Nadejda fue la luz que iluminó algo aquellos días oscuros y terribles de la pérdida del Kursk. Creo que su gesta y su dignidad de madre son el mejor recuerdo que podemos guardar de su hijo, de todos sus hijos muertos en el Kursk.